Crêpes sin leche y sin huevo

crepes veganos

Yo creo en la comida reconfortante. En la comida como consuelo, como alimento no sólo para el cuerpo, sino también para el alma, como panacea para muchas tragedias interiores y como complemento de sonrisas. Así como estoy lleno en el consuelo que se encuentra en el abrazo de las personas que nos aman, así tengo algunos sabores y aromas, que en poco tiempo logran si no realmente hacernos felices, al menos. para aclarar un poco ese gris que sentimos por dentro.

Poder de las endorfinas, dirían los biólogos; poder del amor, digo. La comida, la buena comida, tiene una importancia tan importante en mi vida que puedo admitir sin dudar que entre él y yo existe una verdadera historia de amor; y como los amantes más fieles, si recorro en la memoria los momentos más importantes que he vivido, él siempre ha estado ahí. No de forma protagónica y obsesiva, siempre en un segundo plano, como escenario perfecto para afinar los momentos más importantes.

Los abundantes almuerzos en familia, los geles que se comen en el centro con los amigos, la pizza con los compañeros del colegio, el primer plato cocinado por Daniele (NadA: que fácilmente podría pegar espaguetis a la pared…), la piadina en verano en el paseo marítimo, lonchas de sandía disfrutada por la noche desde el dosel en las colinas de Rímini, sopa caliente cuando volvía a casa en invierno, Nochebuena con comida para llevar que nos hizo sentir independientes, la cebra de mi madre hecha con doce (¡doce doce!) huevos, las paletas que se comen en la terraza en los veranos calurosos, las barras de chocolate enteras que se acabaron en un instante frente a Grey’s Anatomy, la pasta horneada para recordarme que es domingo, la primera vez que probé un granizado siciliano y me pregunto qué he probado antes, el primer plato de pasta cocinado en nuestra nueva vida juntos (pizzoccheri con patatas y repollo, si te lo estás preguntando), los caramelos de goma que comimos en el cine – todo el mundo tiene sus demonios interiores – … y las crêpes.

Las crêpes en mi memoria marcan como un rito de iniciación, cuando de repente de niño me sentía genial. Fue alrededor de los 12 años cuando comencé a salir sola al centro con mis amigos y la crepe se había convertido en la merienda habitual de esas tardes despreocupadas, cuando los únicos sueños eran ir a Londres y tener un par de Converse (aquellos eran los años en los que todavía no estaban de moda y no estaban en las tiendas). Con Nutella, la mayoría de las veces, pero también con mermelada, o con guarnición de avellanas y coco e incluso una vez con Grand Marnier. Bueno, si pienso en crêpes, me vienen a la mente esas tardes allí, y no puedo evitar sonreír al pensar en aquella niña que tanto deseaba ser grande y tener vida propia. Ahora que soy grande de verdad y que hasta tengo vida propia, solo me gustaría volver y decirle que esté lo más serena posible, porque ciertos momentos no vuelven y solo podemos revivirlos en los recuerdos. con un toque de nostalgia.

Hace unos días todo esto volvió a mi mente y sentí la urgente necesidad de comerme una crepa, ahora hecha de otra manera, pero les juro que estaba igual de buena. Y el alimento por enésima vez ha sido el consuelo, el recuerdo y el compartir… y por eso estoy casi seguro de que nuestra historia de amor durará toda la vida.

NB Un agradecimiento especial a mi modelo, compañera de meriendas y aventuras, que comparte conmigo el amor por las cosas sencillas, como la buena comida, y mucho más. Gracias, porque hoy estos crêpes sabían diferente sin ti y toda mi vida sería menos dulce.

Ingredientes para 2 crêpes (sartén de 26 cm de diámetro):

70 gr harina 0

1 cucharada de azúcar moreno claro

una pizca de cúrcuma (opcional, solo sirve para dar color)

1 cucharadita de extracto de vainilla

1 cucharada de aceite de arroz (o aceite de semilla, siempre que sea delicado)

250 ml de leche de soja

mermelada, fruta fresca y azúcar glass para decorar

Método:

En un bol tamizar la harina y la cúrcuma, añadir el azúcar y mezclar. En una jarra combine la leche de soya, el aceite y el extracto de vainilla.

Vertemos los ingredientes líquidos a los secos poco a poco y mezclamos siempre con unas varillas, para no hacer grumos. Debemos obtener una pasta bastante líquida y perfectamente uniforme.

Engrasamos bien una sartén antiadherente y la ponemos a fuego medio, dejamos calentar y cuando esté caliente vertemos un cucharón de pastel. Rápidamente giramos la sartén en forma circular, para que la masa se asiente uniformemente en toda la superficie.

Cocinamos durante 3-4 minutos, luego con ayuda de una espátula la despegamos por los bordes y le damos la vuelta para que se cocine por el otro lado: dada la ausencia de huevos y aún tratando de hacer crêpes muy finas, el quiebre es bastante contralto, por eso prefiero darle la vuelta en un plato y luego volver a ponerlo en la sartén (como se hace una tortilla); haces lo que más te gusta.

Seguimos cocinando otros 2 minutos y continuamos con la otra dosis de pasta.

Hacemos con mermelada de frutos del bosque, moras, frambuesas, grosellas y espolvoreamos con azúcar glas.

Vamos a servirlos calientes.

Un abrazo, hasta pronto.

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